
No podemos, por eso, perder la esperanza y no nos cabe el desánimo, delante de las pequeñas y benditas luchas que el Cielo nos concedió, entre las sombras de las humanas experiencias.
De la escuela del mundo salieron diplomados en santificación espíritus sublimes, que hoy se constituyen en benditos patrones de la evolución terrestre.
No nos compete menospreciar el plano de aprendizaje que nos alimenta y nos abriga, que nos instruye y nos perfecciona.
Si el mejor no auxilia al peor, en balde aguardaremos la mejoría de la vida.
Si el bueno desampara al malo, la fraternidad no pasaría de mera ilusión.
Si el sabio no ayuda al ignorante, la educación redundaría en mentira peligrosa.
Si el humilde huye del orgulloso, surgiría el amor como vocablo inútil.
Si el aprendiz de la gentileza menoscaba al prisionero de la impulsibilidad, el desequilibrio comandaría la existencia.
Si la virtud no socorre a las víctimas del vicio y si el bien no se dispone a salvar a cuantos se arrojan a los despeñaderos del mal, de nada serviría la predicación evangélica en el campo del trabajo que la Providencia Divina nos confió.
El Maestro no era del mundo, pero vino hasta nosotros para la redención del mundo. Sabía que sus discípulos no pertenecían al acerbo moral de la Tierra, pero nos envió a convivir con los hombres para que los hombres se transformasen en servidores devotos del bien, convirtiendo el Planeta en su reino de Luz.
El cristiano que huye al contacto con el mundo, con el pretexto de resguardarse contra el pecado, es una flor parasitaria e improductiva en el árbol del Evangelio, y el Señor, lejos de solicitar ornamentos para su obra, espera trabajadores abnegados y fieles que se dispongan a remover el suelo con paciencia, buena voluntad y coraje, a fin de que la Tierra se habilite para la sementera renovadora del gran Mañana.
De la escuela del mundo salieron diplomados en santificación espíritus sublimes, que hoy se constituyen en benditos patrones de la evolución terrestre.
No nos compete menospreciar el plano de aprendizaje que nos alimenta y nos abriga, que nos instruye y nos perfecciona.
Si el mejor no auxilia al peor, en balde aguardaremos la mejoría de la vida.
Si el bueno desampara al malo, la fraternidad no pasaría de mera ilusión.
Si el sabio no ayuda al ignorante, la educación redundaría en mentira peligrosa.
Si el humilde huye del orgulloso, surgiría el amor como vocablo inútil.
Si el aprendiz de la gentileza menoscaba al prisionero de la impulsibilidad, el desequilibrio comandaría la existencia.
Si la virtud no socorre a las víctimas del vicio y si el bien no se dispone a salvar a cuantos se arrojan a los despeñaderos del mal, de nada serviría la predicación evangélica en el campo del trabajo que la Providencia Divina nos confió.
El Maestro no era del mundo, pero vino hasta nosotros para la redención del mundo. Sabía que sus discípulos no pertenecían al acerbo moral de la Tierra, pero nos envió a convivir con los hombres para que los hombres se transformasen en servidores devotos del bien, convirtiendo el Planeta en su reino de Luz.
El cristiano que huye al contacto con el mundo, con el pretexto de resguardarse contra el pecado, es una flor parasitaria e improductiva en el árbol del Evangelio, y el Señor, lejos de solicitar ornamentos para su obra, espera trabajadores abnegados y fieles que se dispongan a remover el suelo con paciencia, buena voluntad y coraje, a fin de que la Tierra se habilite para la sementera renovadora del gran Mañana.
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