
Y porque lanzaron fulminantes reprobaciones en torno a algunos de ellos el Cristo prosiguió con la enseñanza más allá del contacto público:
— “En verdad, — acentuó el Maestro, — refiriéndonos al prójimo, ante las indagaciones del doctor de la Ley, frente el pueblo, la enseñanza de la misericordia tiene raíces profundas.
Quien pasase irradiando amor en el camino, donde el viajero generoso dió testimonio de solidaridad, encontraría más amplios motivos para comprender y auxiliar.
Más allá del hombre herido y arrojado al polvo, claramente necesitado de socorro, tendría cuidado de apiadarse del sacerdote y del levita, sumergidos en la obsesión del egoísmo y carentes de compasión; simpatizaría con el hotelero, dirigiéndole pensamientos de bondad que lo sustentasen en el ejercicio de la profesión; compadecería a los malhechores, orando por ellos, a fin de que se rehicieran, delante de las leyes de la vida, y, tanto cuanto fuera posible, ampararía a la víctima de los ladrones, extendiendo igualmente manos actuantes y amigas al samaritano de la caridad, para que no les esmorecieran las energías en las tareas del bien”.
Y, delante de los compañeros sorprendidos, el Maestro concluyó:
— “Para Dios, todos somos hijos benditos y eternos, pero mientras la misericordia no se nos fije en los dominios del corazón, en verdadero habremos alcanzado el camino de la paz y el reino del amor”.
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